lunes, 21 de mayo de 2018

Sergio Artero



ÍNDICE DE INGRÁVIDOS

         Nadie se engañe ante la inicial apariencia surreal de este poemario, pues tras ese derroche de versatilidad lingüística, que por otra parte da cuerpo a la contundencia del mensaje que desea transmitir, “Índice de ingrávidos” encierra, bajo un discurso apocalíptico y desesperado, el deseo de concretar determinadas seguridades, que templen el espíritu humano, zarandeado por avatares y dioses, siempre ajenos en sus deseos, a los terrestres y grávidos, que conforman la sensibilidad humana.
         La temática del poemario, no obstante, discurre por la fatalidad a veces inconsolable, en la que la belleza reside en los propios poemas que materializándose a modo de mensaje bíblico, relatan la decrepitud de la civilización, incapaz de afrontar sus retos sociales.
      Con todo ello, el autor, en acto noble autocrítico, advierte que los propios poemas son “una pecera para tiburones que corre el riesgo de carecer de sentido.”
      Ante tal afirmación, ante el propio Enoch bíblico, (minimizado en sus apariciones con la e inicial en minúscula), ante los demás protagonistas o pilares básicos del épico relato, como el cometa 55P/Tempel-Tuttle, David Bowie, los Vigilantes, (estos sí, siempre con mayúscula, como estando al mando de fatales decisiones universales), cabe al lector llegar a encontrar el verdadero sentido de la obra, que subyace quizá en la fatal desesperación del desarrapado, emigrante exiliado de cualquier tierra y patria, zarandeado por un sistema global deshumanizado.
      Él es la víctima que no puede defenderse a sí mismo, al que sólo le salva su elevación, su inmaterialización ingrávida, que le lleva a paraísos, negados a su desterrada corporalidad.
       Paraísos, que por otra parte aparecen, a su vez, carentes de sensibilidad, delatando la contradicción entre lo terreno y grávido, de lo que se quiere escapar y la levedad insoportable de la soledad cósmica ingrávida, carente de humanidad.
       “Índice de ingravidos” es pues, un poemario que define y consolida la línea seguida por Sergio Artero, que aquí alcanza niveles superiores de transmisión literaria, en los que el lector percibirá una catarata fresca y tumultuosa de contenidos a reordenar, de forma que cada relectura sea una nueva interpretación del mensaje que subyace en sus textos, igual que cada nueva audición de una obra maestra musical, nos desvela registros atrayentes en los que antes no habíamos reparado.
        Por si fuera poco, Sergio Artero, en contra de lo supuesto tras esa línea desaforada y apocalíptica apuntada, en la que la obra se desarrolla; hace un resumen final de citas, donde declara variados nombres propios de otros autores que inspiraron los diversos pasajes explicitados en cada poema.
      Para mayor abundancia, como si el autor no quisiera dejar ni un cable suelto, remata todo el encadenamiento de sentencias apasionadas, con una loable interpretación aclaratoria del cómo y el porqué de la obra.
       Si además de leerlo, podemos disfrutar en alguna ocasión de la puesta en escena apasionada que el autor realiza, con medios sencillos y tiernamente suficientes, llegaremos a la conclusión de que Sergio Artero está ya en el estado de madurez donde los poetas no solamente son capaces de contar de algún modo lo que sienten con intensidad, sino de conseguir que los que están al otro lado escuchando o leyendo, puedan conectar con su mensaje, reinterpretarlo, degustarlo y compartirlo con el poeta.
       Por eso, desde aquí, le agradezco este regalo que transmite y cala en el ser sensible y le doy mi más sincera enhorabuena.
                                                           Norberto García Hernanz

martes, 15 de mayo de 2018

Ben Clark



     Creo que el astronauta que quiso ser Ben Clark, (como todos aquellos amigos que le acompañaban humildemente en el silencio, cuando dolía ser (“Astronautas”), está cumpliendo, de forma indirecta, aquel deseo de la infancia, al haber sido colocado en una órbita casi cósmica por el reconocimiento a nivel internacional, recibido tras ganar hace dos meses el Premio Loewe de poesía.

     Como él mismo ha declarado, si otros premios anteriores le ayudaron a salir del anonimato, éste le ha dado el apoyo definitivo, para continuar su dedicación intensa a la creación poética.

     Y dentro de esa singladura vertiginosa, que le ha llevado a presentar el poemario galardonado, “La policía celeste”, en al menos veintidós ciudades españolas, tenemos la suerte de que, más o menos a mitad de camino, este buscador tanto de sensibilidades terrestres, como de significados celestes, haya recalado en nuestra ciudad.

     Pensaba yo estos días, haciendo un símil espacial no sé si acertado, que cuando llegara a Segovia, Ben Clark lo haría como patrullero cósmico de, ya, una multitud de planetas, (Alicante, Sevilla, Córdoba,...según creo ayer mismo Albacete) y que a estas alturas nos encontraríamos todos con él, en un lugar ya muy alejado y frío de nuestro sistema solar, como aquel en el cual el padre Giuseppe Piazzi descubriera en 1801, el asteroide Ceres.

     Es a ese lugar lejano físicamente, donde me gustaría que todos, en este acto de presentación, nos sintiéramos transportados, para sentir y disfrutar durante unos minutos, tanto el exterior como el interior que forma la estructura de nuestro pensamiento y el modo de interpretar la experiencia vital en la que estamos involucrados.

     Querría, que junto a Ben, fuéramos parte de esa policía celeste que “a través de una perspectiva física y sensorial de lo que nos rodea, tratase de alcanzar una cierta perspectiva metafísica de la vida.” (cita de Antonio Maura, escritor brasileño)

     Deberíamos pues, embarcarnos, con el pretexto de la búsqueda de un planeta desconocido en 1800 y que debía estar entre las órbitas de Marte y Júpiter, en un viaje al centro de nosotros mismos, al origen de lo que somos y significamos, sobre todo para los demás, como dice él en “Origen” “he construido todo mi universo alrededor del día en que llegaste”, porque en el reflejarnos en los otros, en el buscar el amor de los que nos acompañan, es de donde parte habitualmente nuestra aventura humana.

        Así lo deja entrever el autor en el poema “Mi cuerpo” cuando declara que “este cuerpo que te ofrezco es algo que he ido coleccionando desde niño” o más adelante “Todo esto arrastro, todo esto te traigo después de rebuscar en este cuerpo; como el perro que ofrece un hueso antiguo, como el niño quemado por el sol que recorre la orilla y le regala un tesoro a un extraño.

        Se produce aquí, el asombro del autor de “La policía celeste” al constatar la enorme distancia que existe entre la intimidad y las lejanas galaxias y a la vez la cantidad de consideraciones que las lejanas galaxias aportan a nuestra intimidad, como la soledad que las une o la cálida frialdad con que su existencia nos acoge y en ocasiones rechaza.

     Había pues un planeta, buscado concienzudamente por una policía celeste de astrónomos, que debía estar en algún lugar determinado, según dictaban las ecuaciones y leyes gravitacionales y según Johann Daniel Titius, porque el Creador no podía dejar por las buenas aquel espacio vacío, aunque en este último supuesto, como apunta Ben, en el poema homónimo del título del libro, ahora ya estábamos en una época en la que “hablamos de un tiempo más antiguo que Dios.

       En “Viejos dioses” podemos leer: “...los dioses antiguos han llorado por nosotros... en un lenguaje de voces mortecinas”, esos dioses deben dar paso a un nuevo modo de encontrar verdades, en el que el ser humano, quizá aún estando más sólo que antes, pueda por el contrario ser más libre.

       Avanzamos pues en solitario, en esa búsqueda del planeta que debe estar ahí y que representará un descubrimiento importante como objeto material, pero no menos, como bagaje espiritual.

      Así en el poema “Ocho cometas”, Ben Clark le inquiere a la astrónoma Carolina Herschel : “Cuéntame ahora qué es lo que buscabas cada noche en el cielo, Carolina, ¿mirabas hacia fuera o hacia dentro?”. Es decir: al buscar el planeta perdido ahí fuera, ¿qué parte de nosotros estamos buscando o tratando de encontrar o completar aquí dentro?

         Tal vez la búsqueda del objeto, no sea el único protagonista de nuestro asomarnos a las alegrías y fatalidades de la vida, sino también y con igual importancia, aquel espacio vacío de la intimidad del sujeto pensante, en el que nos vemos desnudos y necesitamos ser encontrados por el afecto y el amor de los demás.

     Por eso el poeta se abre al mundo y nos da su íntima cotidianeidad en el poema “La habitación” diciendo “Soy un niño en medio de un poema, nada más”, como un intento de conocerse mejor a sí mismo, de evaluar sus seguridades e indefensiones, de afrontar la madurez desde lo que los demás puedan ver en su desnudarse.

     Es pues el exterior, en esos viajes a lugares ignotos como “Tristan da Cunha”, (el lugar habitado más alejado de cualquier otro lugar habitado), en el que llega su “atreverse a viajar a la galaxia que gira en cada uno de nosotros” (“Atreverse”) donde llega ese afrontar toda la frialdad que la vida exhala en las consultas de hospital, en el paso del tiempo que se lleva a nuestros antepasados y amigos, como en “El mejor de los mundos posibles”, en “Rolls Royce”, o en las desgracias múltiples como la de “Aberfan”.

     Llega así, como digo, el caminar hacia el futuro, con el apoyo de aquellos recuerdos de la infancia en la seguridad de la casa, con el referente de la sabiduría de los ancestros, del padre, que tanto aportan con sus experiencias pasadas y con sus consejos presentes.

     Y es digno de resaltar en Ben ese apoyo, ese entendimiento y admiración a la figura de su padre, que yo interpreto como un guía, como baliza luminosa en medio de las tempestades, ayudando a su hijo a proseguir su viaje galáctico por la vida.

      Salta a la vista, ese sentirse afortunado como hijo, entre otros, en el poema “Esperando al Halley en 2061”, donde evoca a otro poeta que nunca conoció a su padre y que pasa toda su vida tratando de comunicarse con él a través de las estrellas o también en el poema “El humorista” donde alguien le incluye en “el equipo ganador” de los hijos queridos.

       Mientras tanto, el planeta buscado por esa policía celeste que hemos constituido todos aquí durante unos minutos, sigue sin ser observado, o quizá hallamos empezado a vislumbrarle.

     Curiosamente, los objetos inanimados, los silencios y la soledad, se encargan, a veces, de hacernos sentir acogidos, tras la inmensidad de su desafección, por la calidez de la intimidad que sugieren.

        Es el caso de unas simples cepas de vid en “Frente a las viñas” que con su simple balanceo, con su silencio conmovedor, pueden darnos pistas al respecto. 
    Es el caso también, de la inmensidad de las galaxias que chocando ineludiblemente, como lo harán un día “La Vía Láctea y Andrómeda”, “como chocan los trenes en tus juegos, con ruidos de explosivos con saliva.” le recuerdan al niño que llevamos dentro, que la belleza de lo carente de vida, moviéndose impasible al rededor de nuestra efímera existencia, le aporta, en ocasiones, más respuestas de las supuestas a nuestra búsqueda vital.

    Aparece pues el planeta. Primero uno y luego un conjunto multitudinario de asteroides, que relajarán nuestro sentimiento de orfandad cósmica e íntima; por lo menos hasta que se susciten nuevas preguntas que la madurez adquirida por el hallazgo reciente, estará más preparada para afrontar.

     Para acabar, solo resumir en tres ideas, aquellas virtudes que hacen de Ben Clark, un poeta de superior categoría, digno de este premio Loewe, de los conseguidos en el pasado y de tantos otros que merecerá en el futuro: Transparencia, agudeza constructiva y empatía vital.

     Muchas gracias a todos y espero que como policía celeste amante de la buena poesía disfrutéis y compartáis junto a Ben, las excelencias de este viaje cósmico.
Norberto García Hernanz

lunes, 12 de febrero de 2018

Bibiana Collado Cabrera



                  "EL RECELO DEL AGUA"               Ediciones Rialp S.A.


BELLEZA DE LA CONSTATACIÓN

         ¿Quién dijo que, para construir un mensaje poético cargado de musicalidad y contenido consistente, hubiera que emplear extrañas artimañas lingüisticas o engolamientos pseudo surrealistas?
        
         En “El recelo del agua” tenemos el ejemplo claro de cómo se puede llegar al lector, con un poemario capaz de ser finalista en un premio de máxima importancia para las voces jóvenes, como es el Adonáis, y a la vez emplear recursos estilísticos afables y cercanos a la comprensión lectora, así como cargados de un entrañable sentimiento de empatía por aquello que sufre y alienta alrededor de la autora, en ese periodo difícil, casi siempre, que discurre entre la infancia y la madurez.

Creo que se equivocan los que quieren ver en este poemario una renovación de la poesía de carácter social, o una reflexión sobre la intrahistoria española reciente.

Si ese fuera el caso, nos toparíamos, en su lectura, con reproches, arengas, sentencias ejemplificantes e imperativos categóricos propios de la poesía reivindicativa, en vez de ese lenguaje transparente y realista que expone las experiencias tristes y amargas de una familia que, como tantas otras, sufrieron en el siglo pasado el desarraigo de tener que abandonar el medio natural, el poblado, el cerro, donde habitaron, durante tantos años.

 No encontraremos pues, en “El recelo del agua”, reproches, sino constatación de las dificultades y temores que los ancestros tuvieron que experimentar, para que la autora pudiera, después de esa generación “perdida”, resurgir , volar, superar los temores de esa infancia “Cansada de producirme en símbolos ajenos,…” (Surcos)

Esas constataciones fundamentalmente asépticas, son para mí lo más bello del poemario y sólo se trasgreden en momentos puntuales, para no flaquear, para evitar el derrumbamiento interior.

“…y recuerdo cómo anhelamos
la punzada de la rabia
para no flaquear
en el momento de los cierres.” (Desalojo)

Además, la asepsia descarnada y creo que provocada, no deja ni siquiera lugar a los deseos, salvo una excepción en:

“Hubiera querido que la inocencia
de nuestras cartulinas de colores
hubiera sido izada con las cañas
usadas para varear los almendros.”   (Manuales heredados)

Como digo, todo es pura descripción de lo que acontece. Es como si la autora no quisiera hacer el mínimo juicio de valor y nos dejara a nosotros plena libertad para dictaminar sobre los acontecimientos.

En definitiva, la constatación de los hechos acaecidos, desde que alguien decidiera descender del cerro

“Pero el cerro ya “es una piedra
donde sentarse a inventarnos los ayeres” (Manuales heredados)

“decidieron bajar del cerro” (Trajes amarillos)

“Y un temor hondo que ata
cada vez que miro a mi madre
que también se llama María
y aún recuerda a qué edad
bajó del cerro.”   (cierre)

para ganarse la vida en la ciudad y medrar, hasta conseguir que los hijos pudieran superar esas penurias reflejadas en los surcos de las manos y en las uñas gastadas, manchadas, trituradas por el duro trabajo,

“Las manos de mi madre
tienen el olor ácido
de las naranjas -y las uñas negras (Manos I)
“En los recuerdos infantiles
mi madre          no tiene manos” (Manos I)
“Yo vuelvo de vez en cuando a casa
e intento devolverle
las manos a mi madre.” (Manos III)
“Si fuera tierra lo que ensucia sus uñas” (María IV)
“Debajo de las uñas,
ahí es donde se sienten
los perros desbocados de la sangre.” (Debajo de las uñas)

son los ingredientes que, junto con la desnudez de la palabra clara, abierta y sin dobleces de Bibiana Collado Cabrera, nos transporta, fehacientemente, a un duro pasado, donde habiendo culpables, estos no son vilipendiados ni expuestos a la ira ni al escarnio del sufrido parroquiano, sino que constituyen un elemento más de la historia.

Historia que, por otra parte, la autora dignifica con su aséptico relato, ya que es la fuerza del poemario en sí misma, la que se encarga de hacer la reivindicación de un mundo mejor, en el que no haya favoritismos para los patronos, no haya que emigrar para conseguir un mínimo de salario y no haya que desarraigarse del lugar en el que te hubiera gustado vivir.

         Habría que preguntarle a Bibiana Collado, qué tipo de sensaciones recorrieron su ánimo al recordar estos pasajes complicados de la adolescencia, pero imagino que el mero hecho de crear estos bellos poemas descriptivos de esa realidad que vive de primera mano y a través de su madre y abuela, supuso un lenitivo ejercicio de reconciliación con todo el duro proceso que desemboca en su vida presente, del cual es heredera y gracias al que, como podremos leer, “su vestido fue blanco, sus inviernos no son de piedra y cal y no vio partir cayados contra higueras, ni se hirió las manos con las vides.”

         En consecuencia, Bibiana consigue con “El recelo del agua” un poemario capaz de transmitirnos, mediante un relato rotundo, un mensaje unitario de constatación de la dura vivencia, sin la acritud suficiente como para convertirlo en alegato reivindicativo (cosa que yo particularmente agradezco) y si algo pudiera tener en esa línea, es el propio poemario el que se encarga de hacerlo por sí solo, sin que la autora se vea obligada a enfatizar ni exagerar en ningún momento.

         Aparte de estos méritos apuntados, en cuanto a la historia contada, cabe hacer especial referencia a los méritos poéticos de la autora, en cuanto a la musicalidad de la lectura y el empleo de determinados recursos estilísticos, entre los cuales es muy reseñable el de crear una pausa entre dos palabras de determinados versos, para, “focalizar la atención en determinados elementos léxicos que puedan ser clave para la interpretación del poema, así como contribuir a la elaboración del ritmo”.

 “mi madre     no tiene manos”
 “sin atrevernos       a preguntar”
 “la pequeña maraña        nerviosa”
 “ese minuto,         justo antes,
“que se sabe mentira,   que se sabe truncada.
 “lentitud        cada una de sus puertas”

Como curiosidad final señalaremos que, en el poemario, aunque exista un tema claro y definido que se desarrolla en sus diferentes apartados, también existen poemas complementarios que en apariencia mantienen su línea propia, con significados de orden más general o universal pero que, según el lector comprobará, están relacionados con el tema principal apuntado.
Cabe reseñar en ese sentido “Villa Olmedo” donde somos trasladados a un yacimiento arqueológico en el que se reflexiona sobre la identidad y la relación entre la representación y lo representado, y “El beso de Judas” de carácter ecfrástico.

Poemario completo pues, que anuncia una futura madurez consolidada, en el quehacer poético de Bibiana Collado Cabrera.


Norberto García Hernanz

sábado, 2 de diciembre de 2017

David Hernández Sevillano

                                David Hernández Sevillano  

      "Lo que tu nombre tiene de aventura" (Editorial Hiperión)




Las cuestiones fundamentales que preocupan y ocupan a los seres humanos y que los poetas tratan de abordar con un estilo u otro, con unos u otros formalismos, no suelen llevarse a cabo forzosamente, en lugares específicos.
Esa actividad mental, puede darse tanto en viajes exóticos, visitas a entornos naturales o retiros místicos, como en ambientes urbanos, en el lugar de trabajo, o en la casa propia.
Aun no siendo primordial quizá, para la creación poética, el lugar, sí le confiere a la creación un sustrato arquitectónico, un armazón, en el que pueda convenientemente fluir el mensaje que se desea transmitir.
En el caso de David Hernández Sevillano, al que tengo hoy el enorme honor de introducir en la presentación de su poemario “Lo que tu nombre tiene de aventura”, el lugar es, en su mayoría, la Naturaleza y los elementos a ella cercanos, con los que convive desde hace años; los cuales aportan un vocabulario específico, bucólico y atávico en ocasiones, (con la riqueza semántica que eso supone), que se mezcla con el más actual de una persona joven, como él, que lucha para llevar adelante sus proyectos, imbricados en el mundo que le toca vivir.
Estos ingredientes, aun aportando las condiciones necesarias para tener entre nosotros a un buen poeta, no serían suficientes para contar, como contamos, con un excelente escritor segoviano reconocido a nivel nacional, que, para los que no sigan de cerca su trayectoria, tiene publicados ya, seis poemarios y que ha conseguido premios de alto nivel como, entre otros, el Miguel Hernández en 2009, el Hiperión en 2010, Jaén 2012 o este Premio Valencia 2017, que hoy se presenta en Segovia con el título de “Lo que tu nombre tiene de aventura”.
¿Qué es pues, lo que convierte la obra de David en sobresaliente, qué es lo que hace que los jurados, formados por poetas de renombre, se rindan una y otra vez a los encantos de esta poesía actual, moderna y a la vez entrañablemente descriptiva y de lectura plácida y comprensible?
Para explicarlo yo recurriría al ajedrez. Es el ejemplo que mejor me hace entender las sutiles diferencias entre lo normal, lo bueno y lo excelente.
Me explicaré.
En una partida de ajedrez entre jugadores con cierta experiencia, cualquiera de ellos, podría aguantarle al campeón del mundo unas diez jugadas, sin que la táctica y la técnica empleadas pudieran hacer sospechar que la balanza vaya a desequilibrarse a uno u otro lado del tablero.
Esto equivaldría a decir, en nuestro caso, que, si no profundizamos suficientemente en la obra de determinados poetas de similares características, en principio podría darse un empate técnico, respecto a su calidad.
Pero en ajedrez, como en poesía, existe un momento en el transcurso de la partida, en la composición del poema, en que la mente, que en apariencia, sólo en apariencia, se deja llevar por la inspiración, comienza a sugerirse a sí misma, de forma intensa, posibilidades novedosas, creativas, comienza a analizar objeciones a lo planeado, la conveniencia de repetir o no movimientos, de abusar o no de las metáforas, de insistir en los matices, de sopesar la trascendencia de aquella jugada que precede a otras y luego a miles, en el caso del ajedrez o de una frase oportuna y no manida, que antecede a otra de sentido más profundo y ésta a otra cada vez más refinada y sustancial, en el caso de la poesía.
Existe un momento pues, en el que la capacidad del jugador, ahora poeta, decide ejecutar un movimiento habilidoso, una frase arriesgada, un giro emocional en el relato, un análisis limpio, simple y brillante, que conduce al contrincante a la derrota, o en nuestro caso literario; a niveles de concreción poética ajustada a la comprensión del receptor, del lector, en los que mediante una compleja sencillez, lo dicho alcanza un nivel superior al de otros escritores, que queriendo decir quizá lo mismo, no consiguen llegar con el acierto debido, con la sutileza adecuada, a aquellos que escuchan o leen sus versos.
Y ese es el mérito de David Hernández Sevillano: la compleja sencillez con la que nos llega e impacta, la compleja sencillez con la que en lo poco, nos aporta mucho más de lo que pueda aparentar, en principio, esa forma fluida de decir y de tratar las palabras inteligentemente.
De todos estos detalles aquí apuntados, podréis tener constancia en la obra que se presenta hoy “Lo que tu nombre tiene de aventura”, editada por Hiperión, donde David Hernández Sevillano ejerce de habilidoso poeta, colocando las frases adecuadas, incisivas y sugerentes en un poemario que consigue de forma eficaz y contundente, ganarnos la partida y también llegar, como lectores, a una conclusión que para el poeta es el mayor de los halagos: “Si yo escribiera poesía y quisiera expresar esa idea, lo hubiera dicho de esa forma”.
Yo resistí la tentación, hace días, de llamar a David para preguntarle sobre ciertos aspectos de este poemario que he leído en profundidad y con fruición, pero acto seguido, me dije que debía de afrontar el reto de su interpretación en solitario.
Y creo que ha sido un acierto, porque así he podido analizar la obra de forma aséptica, a diferentes niveles, y no principalmente a nivel argumental.
Dicho argumento, vosotros mismos podréis juzgarlo, resulta ser amoroso en primera instancia, pero al igual que David, en alguna entrevista, declara que “en su poesía la contemplación del paisaje es algo externo”, yo añadiría a esa primera externidad, a ese  primer soporte del nucleo fundamental del poemario, el argumento amoroso como segunda externidad, que sirve aun teniendo sentido por sí misma, como paso al “sancta sactorum”, al meollo argumental, que es en mi criterio “el enfrentamiento con la madurez y la aceptación de todo aquello que siendo vital para una persona, (en este caso David), ha dejado de tener la frescura y el ímpetu de la juventud, para pasar a ser sentido, como algo más predecible, más adaptado a la realidad diaria que hay que reinterpretar, que hay que asimilar según los acontecimientos se van presentando.
Ya no es, en primera instancia, el poeta, el que le dice a la vida lo que quiere de ella, el que la exige, sino que ha pasado a una estancia más íntima de la experiencia, donde seguir amando lo que le rodea, pero de un modo más adaptativo, comprensivo y reconocedor de las limitaciones y no por eso menos enriquecedor.
Así podríamos citar pasajes delatores de esta idea, en el poema “A modo de dedicatoria” (P9), donde se dice “La imperfecta parte habitable que es perfecta, de la que no nos avergonzamos y que nos ayuda a ser todo”, o en “Improvisación” (P12) donde se lee “Amar a medio gas, también deja secuelas permanentes”.
El reflexionar a partir de este estado de madurez lleva al poeta a hacer reconsideraciones incluso sobre el más allá, como en “Lo que habrá” (P17) donde dice refiriéndose a ese después de la vida: “Tú estarás allí para que acaso yo pueda estar allí también contigo”, o en “Ahora que estamos a tiempo” (P23) hablando de “un dios que manda siempre las cartas sin remite”
Vemos que David Hernández Sevillano, hace de ese modo, una poesía del todo, en el que la vida se considera como el algo que nos ocurre y que creíamos controlar, pero que a veces tenemos que reconducir y reconsiderar.
No es cuestión de ser conformistas, llegadas ciertas etapas de la vida, ni de poner límites específicos a los propósitos, pero sí de ser reconocedores de que lo que tenemos más cercano, es lo que puede darnos más satisfacción a largo plazo.
Puede que asistamos en el poemario, también, a pasajes que, en la misma línea apuntada, el poeta construye, para utilizarlos como terapia vivencial, para darse ciertas seguridades por encima de la transitoriedad y lo efímero de la existencia.
Así en “Lo que habrá” (P17) podemos leer “Amor, te estoy hablando de la muerte por si no quedan sílabas a mano cuando llame a mi puerta.” o también en “Dolor” se lee “¿Qué quieres que te diga, dolor, si ya me cuentas tú todo lo que no sé de mí?.”

“Lo que tu nombre tiene de aventura” aparte de todo lo comentado, tiene muchas más lecturas, entre ellas, la evidentemente amorosa, que en cada uno de vosotros producirá quizá un efecto, una interpretación diferente.
Además de este variado contenido amoroso-existencial tan sugerente, encontraréis el “continente” formado por el rico lenguaje poético de David y la correspondiente musicalidad sencilla, natural y envolvente, a la que nos tiene acostumbrados en sus poemarios.



El mundo onírico de David Hernández Sevillano
es sin duda un lugar amable en que quedarse;
teniendo en cuenta
“lo que sus versos tienen de aventura”.
Lo mismo podemos decir de la lumbre real,
donde se funden sus afanes diarios, con la naturaleza
que amorosamente le circunda.
Estamos pues, en brazos de su lírica,
ante una forma envidiable e íntegra
de vivir la poesía;
y a hombros de su esfuerzo y pundonor,
ante un modo consecuente y radical
de vivir la vida.
Todo lo que sale de sus versos
es fruto de la determinación y compromiso apuntados
y por tanto merece la pena recorrer con él, en sus textos,
esa particular interpretación de la experiencia vital.

  

                                                                                 Norberto García Hernanz

miércoles, 17 de febrero de 2016

Lluïsa Lladó

LA MARQUESA DE SEDA - Lluïsa Lladó
Muy interesante libro editado por Unaria en el que Lluïsa Lladó vuelve a impactar con su lenguaje fresco y atrevido, en una refinada línea erótica reivindicativa de la igualdad femenina, en ningún momento hiriente ni exacerbada. Al contrario; todos los poemas fluyen en un vitalista y activo espíritu de positividad, que usa la sensualidad para ponernos al corriente de aquellas aspiraciones humanas que la poeta alberga en su sensibilidad. Podéis ver estos vídeos para entender mejor el calado emocional de Lluïsa.
VIDEO sobre Llüisa Lladó:     https://www.youtube.com/watch?v=EQFSiiCK7nQ
VIDEO sobre poemas de Llüisa Lladó: https://www.youtube.com/watch?v=ynHkgunOh3o



VIDEO sobre Llüisa Lladó:     https://www.youtube.com/watch?v=EQFSiiCK7nQ

VIDEO sobre poemas de Llüisa Lladó: https://www.youtube.com/watch?v=ynHkgunOh3o

sábado, 28 de noviembre de 2015

Eva Sarrias Rodríguez

  MEMORIA DEL CUERPO - Eva Sarrias Rodríguez (Editorial Círculo Rojo) 

     Querríamos que el amor llegara a nuestra vida para quedarse en ella de forma dulce, sensual y apasionada, sin perder, ni un ápice de la intensidad tanto corporal como espiritual que en la espera de su venida siempre nos prometió. Sin embargo, como podemos observar en la lectura de este poema, representativo del poemario recién presentado por Eva Sarrias, el amor deseado, llega a nosotros, en general, de una forma menos idílica de la esperada, de una forma menos corporal y pasional y si tenemos la fortuna de que lo haga de ese modo, siempre será bajo la amenaza de lo precario, lo efímero y lo transitorio. 
      De ahí que "el amor se adormece para extinguirse casi sin haber percibido su grandeza" , de ahí la idealización del encuentro furtivo con el ser amado, la sublimación de su corporalidad, de ahí  la memoria de esa carnalidad, de ese olimpo de los dioses griegos que con sus pectorales aceitados y atléticos inundan de promesas sensuales y eróticas, el deseo de alcanzar la felicidad y la plenitud.
     El poemario se presenta dividido en dos partes, con el nexo común de la citada corporalidad masculina idealizada. En la primera, "Placeres Efímeros", se abunda en la idea del deseo y sensualidad, como herramienta pasional que conduce al amor, pero que suele dejar siempre un poso de insatisfacción, ya que nunca conseguimos aprehender del todo, poseer del todo, la parte espiritual de esa posesión material del objeto amado.
   Seguramente por eso, en la segunda parte: "Evasión", Eva, devuelve a su medio natural, al Adonis y al Apolo, es decir, a aquel entorno deportivo donde ese cuerpo, objeto de deseo y de enamoramiento, se ha desarrollado y formado y donde en realidad cumple su función corporal más significativa. La autora expresa así su deseo de que ese cuerpo, objeto de culto, continúe cultivándose libre de las ataduras amorosas, que de algún modo le privan de la pureza original y virginal de la que proviene. El deporte alcanza en esta parte del poemario, la categoría de elemento purificador que sacando de las alcobas a los amantes, les hace comprender un significado más profundo del amor, en la belleza de la tersura muscular.
El etéreo Psicobloc, el contingente Salto Base, el irreal Submarinismo, al ir más allá de cualquier utilidad terrestre, da a los cuerpos musculosos y endurecidos, la categoría angélica y espiritual necesaria, para que el amor y el erotismo, comulguen en una misma y apasionada celebración. ¡Enhorabuena a su autora por esta acertada conjunción poética!      Norberto García Hernanz

martes, 14 de octubre de 2014

Emilio Siegfried

LOS VERSOS VUELAN DESPACIO                                                Emilio Siegfried
Ediciones Vitruvio     (Colección Covarrubias 2014)
Lejanías, Camino a la nada,  Luz en el camino, El tiempo de los días.

RÁFAGAS
Como ráfagas de aire así desapareces.
Con olas de mar sobre la playa
adviertes que el viento vino.

Huellas de amores quebrados,
cuántas las batallas que he librado
y he vencido.

Pero ahora sin ti es desaliento
todo lo que soy y nunca he sido;
como al aire te quiero a ti,
como al aire que respiro,
como a estas ráfagas de un ser
al que no puedo besar, ni ver,… ni hablar.
Por eso escribo.

Toda su ilusión y empeño ha puesto Emilio Siegfried en esta “opera prima”, publicada por Ediciones Vitruvio en su colección Covarrubias.
En un poemario cargado de románticos encuentros con la naturaleza, las estaciones y el amor, el autor ahonda en sus sentimientos íntimos, para interpretar todo aquello que le rodea y preocupa, desde una perspectiva un tanto nostálgica a la par que descriptiva de su presente, en el que da forma en diferentes métricas a su sentir poético.
“Los versos vuelan despacio”, es una obra fresca, sincera y transparente, alejada de corrientes poéticas contemporáneas, escrita en tono ecléctico y vitalista, que se deja llevar por la pasión de cada momento vivido.
En ella vemos al autor pasar de las experiencias amorosas, a las lúdicas, vacacionales, evocadoras de otros tiempos, reflexivas ante el paso de los días, descriptivas de mares, de espacios, de esperas, todo ello conducente a que sepamos quién se encuentra allí prendado, en esos versos,  del decurso de la vida y de sus trances.
Libro pues con mensaje de experiencias vitales y meditativas, desarrollado con un ritmo enlentecido por su autor, en el que incide con la propia palabra “despacio” que utiliza en el título y en varios de sus poemas, disfrutado de la contemplación de la naturaleza y los paisajes que tanto gusta pasear.

De esa "delicada lentitud" ha surgido este poemario en que el estilo poético, varía como dijimos, desde la rima acertada a la libertad desbocada del verso libre. Deseamos futuros libros y éxitos a Emilio Siegfried desde esta rampa de lanzamiento que supone su primer poemario.
                                                                                  Norberto García Hernanz